El encuentro con el VM Samael

Cuando la Maestra conoció al Maestro Samael, éste se dedicaba a curar, principalmente por medio de plantas.

Relataba la Maestra que una hermana suya, Josefina —por cierto la rubia, la más bonita, la preferida, aquella con quien la comparaban desventajosamente—, se encontraba enferma, de tal gravedad que los médicos la daban por desahuciada, arrojaba sangre y tenía unas fiebres intensas que la medicina oficial no lograba controlar.

Su familia se enteró que había un señor que curaba casos desesperados, por lo que le pidieron a Arnolda que fuera a buscarlo como último remedio, pues según esto su hermana podía morir esa misma noche o a la mañana del siguiente día.

La joven Arnolda logró encontrar al curandero, quien por cierto parecía un albañil: barbón, avejentado, desaliñado, según nos comentara la Maestra.

Le pidió entonces que fuera a su casa y le hiciera el favor de curar a su hermana, y él contestó: Si usted gusta la puedo acompañar a su casa; a lo ella replicó: No, gracias, me puedo ir sola.

Después de unas horas el curandero llegó a casa de la familia Garro, atendiendo a la enferma con sus curaciones, le dio unas plantas y le dijo a la familia que si bajaba la fiebre antes de las 12 de la noche la joven se curaría, y si no era así no se comprometía a curarla.

El hecho es que su hermana se curó... y el curandero quedó prendado de Arnolda, por lo que buscó los medios de acercarse a la familia Garro, con el pretexto de supervisar la convale­cencia de su hermana.

Ese curandero era el Sr. Víctor Manuel Gómez Rodríguez, quien después sería conocido con el nombre sagrado de Samael Aun Weor.

Decía la Maestra que a pesar de su apariencia de “albañil”, el curandero le había caído bien, le había gustado, había algo en él que le atraía...

Para entonces, al parecer ella tenía dos pretendientes. El primero era un viudo con quien se había puesto de novia porque su hermano Gildardo —que era el difícil, en cambio Octavio era el cordial— le prohibió terminantemente que se pusiera de novia con él (con cualquiera otro menos con él), y por llevarle la contraria estableció relación de noviazgo con el viudo, quien por cierto no le atraía en lo más mínimo, pues no era buen mozo y tenía varios hijos.

Venerable Maestro Samael

Ese curandero era el Sr. Víctor Manuel Gómez Rodríguez, quien después sería conocido con el nombre sagrado de Samael Aun Weor.

El segundo pretendiente era un joven que vivía precisamente en casa de los Garro, en un cuarto que le rentaban para ayudarse económicamente —pues eran realmente pobres—, con quien se había relacionado igualmente por llevarle la contraria a su hermano, ya que la joven Arnolda era de un carácter firme y no dejaba que la manejaran.


Hago la aclaración de que tales pretendientes o “novios” lo eran sólo de nombre, pues cuando uno de ellos pretendió echarle el brazo encima, la joven Arnolda le dijo que mejor lo hiciera con su mamá... replicándole éste que si acaso no eran novios, a lo que ella le dijo que “de nombre”, pues solamente a quien se casara con ella se lo permitiría. De la misma tesitura fue el trato que tuvo con todos sus “novios”.

El caso es que el curandero se enamoró profundamente de aquella joven morena, delgada, de carácter duro, de mirada a la vez severa y delicada —totalmente enigmática, conforme se lo declaró en un poema de aquella época— y con una sonrisa cauti­vante...

Por tanto, buscó el medio de acercarse a la familia Garro, que aunque estaba agradecida por la curación de su hija, no veía con agrado que pretendiera cortejar a Arnolda. Decía la Maestra que cuando preguntó a su Señora Madre, Doña Belinda, qué le parecía el Señor que curaba, ésta la regañó y mandó inmediatamente a la cocina.

El Señor Gómez, por su parte, se hizo amigo del presunto novio de la joven Arnolda (su vecino y arrendatario), quien le dijo que la joven era una “tigra”, que no se dejaba, a lo cual comentó Don Víctor Manuel que más le interesaba, que era precisamente lo que andaba buscando.

A final de cuentas “la tigra” les puso un ultimátum: que al pretendiente que se fajara bien los pantalones y en verdad le ofreciera casarse con ella y se lo cumpliera, lo desposaría.

Quien se animó fue el Abuelo y así se lo hicieron saber a la familia Garro, la que recibió con desagrado la noticia, a lo que la comprometida Arnolda les expresó: que tenía decidido casarse y si no querían darle su bendición, quedaría en sus conciencias que ella se casara sin su autorización, por lo que no les quedó a sus padres otra alternativa que bendecir la unión.

Lo mismo razonó la decidida Arnolda ante el cura, quien ya le conocía el carácter, y puesto que ese mismo día se iban del pueblo, no le quedó más remedio que bendecirlos.

Venerable Maestra Litelantes

Fue un noviazgo fulminante de 20 días, donde se decidieron los destinos de la Gnosis del siglo XX y de los siglos venideros.

En efecto, ahí empezó el proceso de corrección y elevación del Bodhisattva del Señor Samael Aun Weor, hasta lograr su encarnación interior profunda en Víctor Manuel Gómez Rodríguez.

Mencionaba la Maestra que el Abuelo tenía un amigo astrólogo, que además practicaba quiromancia, a quien muy recién casados le presentó, y que el astrólogo, el viejito, le dijo que Víctor Manuel ya le había contado que se iba a casar con una joven morenita, bajita, de pelo negro, porque así lo había soñado o visto en la noche, y ¡qué sorpresa!, ahora tenía el agrado de conocerla, confirmando lo que Víctor Manuel había predicho y que en su momento tuvo la gentileza de confiarle.

Tenía fama el astrólogo de acertado, así que el Abuelo le pidió que dijera el destino de la joven pareja.

Leyó la mano de Arnolda y con tristeza declaró que no viviría más de un año con Víctor Manuel.

La Maestra le contestó que estaba muy equivocado, porque ella viviría toda su vida con el Maestro, como sucedió efectiva­mente, hasta la hora en que desencarnó.

Por cierto que la mano de la Maestra era mixta, una mezcla extraña de filosófica con práctica, y quien viera su línea de la mente podría percatarse de su extraordinaria capacidad para salir en astral y en jinas... El Maestro era signo Piscis y la Maestra Libra; en el horóscopo chino el Maestro era Serpiente de fuego y la Maestra Mono de metal; por último, en el horóscopo azteca el Maestro era día 5 Serpiente (Macuilli Cóatl), trecena 1 Cocodrilo y año 9 Casa, y la Maestra era día y trecena 1 Jaguar (Ce Océlotl) y año 12 Pedernal.

Cuando se casaron, todo el patrimonio de Don Víctor Manuel eran dos camisas y un pantalón, así como un cofrecillo o maletín donde guardaba unos papeles.

Pero eso no le importó a la joven Maestra, quien sólo le puso las siguientes condiciones para aceptarlo:

1ª Que nunca le pusiera la mano encima, es decir, que nunca la golpeara.

2ª Que viajaran, pues no quería estar viviendo mucho tiempo en un sólo pueblo, y

3ª Que él era muy hombre para tener las mujeres que quisiera, que él tenía toda la libertad, pero que si andaba de novio con alguna, quería que él mismo se lo dijera y no venirlo a saber por los vecinos. Eso sí: que no hiciera comparaciones ni la llevase a casa, por supuesto.

El hecho es que el Maestro siempre le cumplió, según afirmaba enfáticamente la Maestra: jamás la golpeó, viajaron mucho —hasta que por fin se establecieron definitivamente en México, D. F.— y siempre le dijo con cuál mujer andaba.