La corrección del Maestro

El Maestro era terrible en aquel entonces, cuando —como él mismo solía decir— andaba de “capa caída”.

Era un joven que había salido definitivamente de su casa a los 16 años; trabajando y estudiando llegó a la Universidad, hasta cursar el segundo año en la Facultad de Medicina, de donde salió para irse a estudiar otra clase de medicina con los indios de la sierra, porque —afirmaba entonces— la medicina oficial normalmente era un comercio y no podía curar las cosas que él sabía.

El hecho es que aprendió medicina con los Mamas de la tribus de los arahuacos, circunstancia que lo llevó a conocer a la Maestra, mediante la curación de su hermana.

Con los indios aprendió de todo: bueno (con los “Mamas” arahuacos) y malo o mezclado (con muchos chamanes, brujos y curanderos de distintas tribus), y no se asustaba de nada ni de nadie... era de los que entraban a la cantina con todo y caballo.

Era tremendo: todo un Bodhisattva caído, pero Bodhisattva al fin, con posibilidades de levantarse, las que supo desarrollar su esposa-sacerdotisa con su tenacidad proverbial...

Desde su infancia el Maestro tenía capacidades poco comunes de clarividencia, recuerdos de vidas anteriores y de los Registros Akáshicos, y su ánimo de servicio lo llevó a estudiar Medicina, pero fue después de convivir con nuestra bienamada Maestra, que dedicó tales facultades a la Gran Obra del Padre.

Venerable Maestro Samael

Ese curandero era el Sr. Víctor Manuel Gómez Rodríguez, quien después sería conocido con el nombre sagrado de Samael Aun Weor.

Decía la Maestra que cuando conoció al Abuelo, parecía un albañil, barbón, sucio y viejo, y que los pies se le hinchaban de tanto tomar.

Empezó por rasurarlo y asearlo. Siempre lo rasuró, hasta el final. Después del baño le extendía sobre la cama su ropa debidamente combinada, pues cuando lo hacía él mismo se ponía un calcetín de un color y el otro de diferente color.

La gente sabía que al Señor que curaba le gustaba tomar, por lo que le llevaban su botella de aguardiente, y cuando había bebido más o menos la mitad, le pedían les leyera la mano, siendo muy acertado en sus lecturas, sobre todo al encontrarse en ese estado.

La Maestra en vez de adoptar una actitud de admonición y acoso constante para que el Abuelo dejara de beber, le dio su libertad y poco a poco fue imbuyéndole la idea de dejar la bebida; con suavidad se consigue mucho, según solía decirnos.

Llegó el momento en que del propio Abuelo salió la idea de dejar de tomar, habiendo tenido sus altibajos previos. Uno de ellos lo relató la Maestra en presencia de un amigo mío que no sabía nada de Gnosis pero que le tenía un profundo respeto y cariño.

Tendría entonces como cinco años viviendo en casa de Dondita, o de “la Jefita”, como cariñosamente solía decirle, así también le llamaba mi amigo, quien era tremendo por cierto: peleonero, abogado discutidor; pero decía que si la Jefita fuera abogada no le gustaría pelear o discutir con ella, y así bromeá­bamos mucho, lo que agradaba sobremanera a la Maestra.

Nos comentó que estando Isis —su hija mayor— de brazos, el Abuelo andaba con la idea de no tomar, pero que ese día le expresó que deseaba ir a la cantina sencillamente a platicar con los amigos, porque su charla era de lo más interesante.

La Maestra le dijo que si no iba a tomar sino a platicar solamente, entonces ella lo acompañaría con gusto a la cantina.

Venerable Maestro Samael Aun weor

Y tomó a Isis en sus brazos, acompañando al Abuelo a la cantina, donde éste no encontró a sus amigos para platicar, pero sí que tomar, lo cual hizo con alegría hasta llegar a un punto en que la Maestra le señaló: No encontró a sus amigos, no pudo platicar con ellos, y creo que ya ha tomado Usted bastante. El Abuelo le dijo: Tiene razón, vámonos ya.

Uno de los parroquianos dijo entonces: ¡Cobarde, lo manda su mujer! El Abuelo replicó: ¡Cobarde yo, están equivocados, se lo demuestro a uno por uno de los que están aquí, a más de uno no me comprometo!

Nos decía la Maestra que el primero que se arrojó contra el Abuelo fue quien le dijo cobarde, al que derribó con un solo golpe (recordemos su fuerte constitución y sus grandes manos); después siguió el más fornido de los que estaban ahí, a quien igualmente derribó de un solo golpe.

Acto seguido, se metió a “donde sirven” (dentro de la barra), noqueando a cuatro tipos más; en total derrotó a seis paisanos agresivos... Tomando en consideración estas circunstancias, la Maestra llegó a un acuerdo con el dueño de la cantina y el propio Abuelo, a fin de que ya no le sirvieran licor sino hasta cierto límite.

Cuando el Abuelo dejó definitivamente de tomar, se dio su “despedida” con una fiesta de tres días, no volviendo jamás al vicio del alcohol. Primero fue radical y no tomaba absolutamente nada, hasta que en una fiesta se echó un enemigo gratuito por no quererle aceptar una copa para brindar por su hija, la quinceañera agasajada.

A partir del momento, el Maestro Samael resolvió que es lícito tomar hasta tres copas y elogió a los caballeros de muchas fiestas que con una sola copa se pasan toda la noche engañando al diablo.

El hecho es que nuestra querida Maestra le quitó el vicio de la bebida al Abuelo, así como el de las mujeres.

Este último se lo quitó también poco a poco, sustancialmente porque no lo celaba, solamente le pedía que si andaba con alguna mujer, que francamente se lo dijera, que él era muy hombre para tener las mujeres que quisiera, que era muy libre, pero no quería saberlo por los vecinos, sino de su propia boca.

En fin, gracias a la perseverancia de la Maestra y a su estilo suave, pudo el Abuelo cambiar de actitud, dejar los vicios que nada bueno le traían, para empezar a caminar por el Sendero de la Iniciación.

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El principal incidente que hizo cambiar al Maestro, fue el siguiente:

Relataba la Maestra que el Abuelo siempre traía un “portafolios” según ella decía (al parecer era una especie de maletín o cofrecillo) y lo llevaba a todas partes, a nadie le mostraba su contenido y dormía con éste cerca de su alcance.

Reiteradamente se negó a mostrarle su contenido a la Maestra, hasta que cansada de insistir le dijo: Si tanto quiere su “portafolios” pues duerma con él, pues si no me quiere decir lo que contiene ya no dormiré con Usted (fue la única vez que le dijo esto).

El Abuelo se vio entonces comprometido a mostrarle lo que traía dentro: era el manuscrito de un Tratado de Magia Negra que venía escribiendo, así como una calavera y otros imple­mentos mágicos.

La Maestra le dijo que si gustaba de la magia negra era su problema, que en todo caso se hacía daño a sí mismo, pero que si publicaba ese “Tratado” iba a dañar a mucha gente, por lo que debía destruir ese documento si quería seguir viviendo a su lado.

El Abuelo le inquirió: ¿De veras, “Negra” —que era como cariñosamente le llamaba, por ser morenita—, sería Usted capaz de dejarme?

A lo que la Maestra le contestó: Sí lo haría, me llevaría a mis hijos conmigo y no me casaría más, pues ya supe lo que es un hombre. Lo que debe Usted hacer es destruir ese Tratado y escribir un libro que beneficie a la humanidad en vez de perjudicarla. ¿No dice Usted, pues, que le gusta lo blanco?

Como el Abuelo sabía que, en efecto, la Maestra era muy capaz de irse, decidió destruirlo, pidiéndole a ella que se encargara de hacerlo, así que la Maestra procedió a quemar el “portafolios” con todo su contenido.

El resultado fue que el Abuelo escribió su primer libro para beneficio de la humanidad doliente: “La Puerta de Entrada a la Iniciación”, que también intituló “El Matrimonio Perfecto de Kinder”, obra de 1950, que en posteriores ediciones se conoció sencillamente como “El Matrimonio Perfecto”.

Nos decía la Maestra que a partir de entonces el Abuelo se decidió por la magia blanca y siempre permaneció en lo blanco, a diferencia de muchos de ustedes, que un rato les gusta lo blanco y después regresan a lo negro, pues no tienen voluntad.

Con esta obra maravillosa empezó el Maestro Samael su labor en favor de la humanidad doliente. El Maestro escribió este libro sobre una caja de jabón (especie de jaba de madera) y sentado en el piso, pues su pobreza era extrema...